jueves, 11 de diciembre de 2014

Los mercaderes del templo

           

Los mercaderes del templo; 

por Piedad Bonett

Por Piedad Bonnett | 9 de diciembre, 2014




El Greco, La expulsión de los mercaderes
No soy creyente, pero respeto a los creyentes. Y de vez en cuando debo ir a misa en solidaridad con alguien cercano que ha perdido un ser querido.
Así, he podido observar cómo se introducen, a través de los años, cambios al rito católico. Pero los que vi hace unos días en una misa celebrada en memoria de un difunto me inquietaron sobremanera; en la iglesia, las luces navideñas proliferaban, con árbol incluido, algo tal vez excesivo y de dudoso gusto, pero no necesariamente malo; también resultaba novedoso que los textos sagrados se proyectaran en una pared, frente a los fieles; pero lo que los ilustraba me dejó pasmada: símbolos religiosos dibujados a la manera de los monos animados: velas con patas, cáliz con ojos, la biblia con brazos, personajitos como de Walt Disney, infantiles y festivos. No me detengo en los pedestres símiles usados en la homilía, ni en los insólitos aplausos, porque llego a la mejor parte: antes de terminar la ceremonia, el sacerdote anunció que en ese preciso momento se llevaría a cabo la rifa que tanto esperaban los fieles, y que como todavía se podían comprar boletas haría una pausa para que procedieran los interesados. Algunos, efectivamente, hicieron fila para adquirirlas. Mientras tanto el cura nos explicó que la rifa se hacía porque le habían robado la moto y ahora debía pagar una extorsión a los ladrones para que se la devolvieran. ¡Vaya lección desde el púlpito! Sobre el altar se puso una bolsa de plástico con las boletas, algunos niños definieron la suerte de los jugadores, a gritos se anunció el nombre del feliz ganador, la gente aplaudió en medio de alegres exclamaciones, y sólo entonces el sacerdote nos dio la bendición y nos informó que podíamos ir en paz.
Raro que la Iglesia, tan cuidadosa de las formas a la hora de encubrir sus fallas, no se esmere en que sus rituales conserven un mínimo de la dignidad del pasado. Sé que le debe resultar difícil competir con la algarabía de los ritos de las nuevas iglesias, con sus artilugios dramáticos; y también puede ser que el que vi sea un caso extremo y desatinado. (Estoy segura de que Jesús sacaría a fuete del templo al cura, como hizo con los mercaderes). Pero sé, que no es el único caso en que, en aras de acercar la iglesia al pueblo —como quería Juan XXIII, con mucha razón— se cae en la chabacanería y se sacrifica la solemnidad propia del rito y la belleza que exige lo sagrado.
Advierto que soy crítica con el boato de la Iglesia, y que creo en la fuerza de lo popular impresa en tantos maravillosos detalles de sus templos. Pero la religiosidad necesita de unas condiciones: la hermosa austeridad de las iglesias románicas o la esbeltez de los templos góticos y la música sacra, a la que dedicaron su genio tantos músicos notables, intentaban crear una atmósfera de arrobo espiritual. La luz de las velas, la belleza de los vitrales, el olor del incienso, la cadencia de los rezos, la profundizaban. La tradición, un lastre en tantos aspectos de la vida, resulta importante en ciertas instituciones. Una de ellas es la Iglesia, en buena parte porque la tradición es una de las pocas cosas que le quedan.   

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