martes, 14 de abril de 2015

cumbre cargada de historia

            

Panamá, una cumbre cargada de historia; por Carlos Malamud

Por Carlos Malamud | 13 de abril, 2015
Panamá, una cumbre cargada de historia; Carlos Malamud 640
[Infolatam].- Leyendo o escuchando las noticias sobre la VII Cumbre de las Américas se concluye rápidamente que fue histórica. Se trata del adjetivo preferido por quienes han narrado o analizado lo ocurrido en Panamá durante los días que duró la Cumbre. El motivo de tanta unanimidad no es otro que la presencia de Cuba, y de Raúl Castro, en la misma, junto al hecho de que la mayor parte de las expectativas más optimistas se hubieran cumplido.
Pero también fue histórica por las constantes alusiones a la historia realizadas por algunos de los principales protagonistas, donde parecía que la disputa se materializaba en un enfrentamiento entre pasado o futuro. Mientras Barack Obama decía que su país estaba interesado en el futuro otros insistían en concentrarse en el pasado. Hubo inclusive alusiones de mala fe, pese a que simultáneamente se reclamaba sinceridad, de quien acusaba, erróneamente a Obama, de no estar interesado en la historia.
De algún modo la Cumbre recordó al Jano bifronte, sólo que mientras unos eran capaces de mirar hacia delante, otros quedaban irremediablemente anclados en el pasado. Últimamente se tiende con demasiada frecuencia a confundir la historia con la memoria histórica o a recrear la historia en función de los intereses del presente o de una determinada agenda política. Desde esta perspectiva la intervención de Nicolás Maduro resultó paradigmática ante sus constantes alusiones a Bolívar y su gesta continental, incluyendo su presencia en Panamá. Hubo pasajes, inclusive, en que resultaba difícil saber si Maduro se estaba refiriendo al pasado o al presente.
No se trata de negar la dilatada relación de intervenciones, militares y políticas, de Estados Unidos en América Latina, pero es necesario contextualizarlas, algo que ni Nicolás Maduro, Rafael Correa, Evo MoralesCristina Fernández o Daniel Ortega hicieron. Tampoco lo hizo Raúl Castro, aunque éste finalmente se mostró mucho más sincero que sus colegas. La gran diferencia entre Castro y sus teóricos “seguidores” es que mientras él si puede hablar en primera persona de sus serios enfrentamientos con EEUU los demás sólo pueden hacerlo de oídas (Daniel Ortega puede ser la excepción, aunque en su caso el triunfo sandinista fue favorecido por la actitud de EEUU contra Somoza). Los rifirrafes de unos y otros con los embajadores norteamericanos son simples batallitas al lado de algunas invasiones del pasado, como la de Santo Domingo.
Resulta curiosa la forma en que se ha impuesto un cierto “relato” continental a la hora de explicar el “fracaso” de América Latina en comparación con el “éxito” de EEUU. De repente toda la culpa se carga contra las “elites”, que según parece eran una especie de marcianos totalmente separados de sus respectivas sociedades. Las instituciones, el respeto a la ley de unos y otros, los procesos históricos, la emergencia de movimientos políticos fuertemente nacionalistas nada tienen que ver con lo ocurrido.
Pero Obama, como el mismo señaló, sí conoce la historia y se interesa por ella. Su alusión a su presencia en Selma hace un mes atrás así lo atestigua. Ahora bien, como él mismo recordó a sus oponentes, en la parte final, improvisada y definitivamente la mejor de su discurso, una mirada dirigida exclusivamente al pasado no nos permite reducir la pobreza, mejorar la competitividad ni luchar por el progreso de los pueblos.
A la hora de contextualizar la presencia, e injerencia, de EEUU en América Latina, habría que recordar que en lo que llevamos de siglo XXI ésta ha sido mínima. Que desde la II Guerra Mundial nunca EEUU había tenido menos presencia, de todo tipo, en la región. Pero sobre todo, que desde la perspectiva de los gobiernos mencionados, en ningún caso sus opciones disminuyeron por presiones de EEUU. El desalojo de la base de Manta, en Ecuador, por ejemplo, se produjo sin ningún altercado reseñable entre los dos países.
Una de las grandes paradojas a la hora de mirar el pasado la protagonizó Nicolás Maduro. El día de la apertura de la Cumbre visitó El Chorrillo, un barrio de Panamá golpeado duramente en 1989 por la invasión estadounidense. Inclusive en su discurso del sábado Maduro sacó a relucir el tema con recriminaciones directas contra Washington. Esa actitud beligerante contrasta con la actitud del gobierno panameño. El presidente bolivariano, que tanto gusta hablar de no injerencia, podría aplicarse su propia medicina, ya que con su intervención ha demostrado una absoluta falta de respeto hacia su anfitrión, al que dejó en una posición bastante incómoda.
En su alocución Cristina Fernández evocó a Cicerón, aunque sin citarlo, por aquello de que la historia es maestra de la vida. Su discurso crispado, abiertamente antiimperialista y defensor a ultranza de la Revolución Cubana tuvo algunas incursiones, pero con firmes ataduras en el pasado. Así ocurrió cuando habló del narcotráfico y volvió a insistir en las grandes diferencias entre productores y consumidores, cuando Argentina se ha vuelto un gran paraíso del consumo y un importante lugar de paso y de blanqueo. O cuando se mostró favorable a las negociaciones de paz en Colombia pero presentó a un país territorialmente dividido entre la guerrilla y el estado colombiano, algo que sólo existe en un relato todavía partidario de las FARC, como el desarrollado en su momento por Hugo Chávez.
El irrenunciable respeto a la soberanía y el sacrosanto derecho a la no injerencia fueron dos conceptos trillados en muchos de los discursos pronunciados en la Cumbre. Al mismo tiempo que se hablaba de modernidad, de lucha contra el narcotráfico y el cambio climático, de internet o de iniciativas continentales de educación. En el mundo autista e ideal de la soberanía y la no injerencia ninguna de esas metas puede ser cumplida, y menos si estamos inmersos en la globalización. El enorme riesgo de mirar permanentemente hacia atrás es convertirse en una estéril estatua de sal, como le ocurrió a la mujer de Lot después de su salida de Sodoma.

Haydée salió desnuda

       
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Haydée salió desnuda, otra vez; por Milagros Socorro // #UnaFotoUnTexto

Por Milagros Socorro | 12 de abril, 2015

Fotografía de Tito Caula

Ella dice que esa fotografía, donde aparece feliz tomando una ducha, debe ser parte de la campaña publicitaria de la película venezolana Cuando quiero llorar no lloro (1973), de Mauricio Walerstein. No le es fácil precisarlo, puesto que las tramas pusieron a sus personajes bajo la regadera en varios filmes y, por lo demás, se cansó de hacer desnudos. Es un decir, no se ha cansado. Hace poco dijo en una entrevista que hasta la muerte hará desnudos.
La muchacha de la foto es la actriz caraqueña Haydée Balza. Y el fotógrafo es el infatigable Tito Caula, cuya abundante obra se encuentra ampliamente representada en la Fundación Fotografía Urbana, de donde hemos tomado esta imagen.
Haydée Balza creció en un hogar de clase media. Su padre era dactiloscopista (técnica que identifica a las personas por la impresión de las líneas que hay en las yemas de los dedos de las manos). Toda la vida trabajó en la Diex, según ella recuerda. Y lo describe como un andino, muy blanco con el cabello muy negro. “Era un galán”.
Y Rosa, la madre, era una mujer muy hermosa (“perdóname la ordinariez”, dice “pero yo siempre fui un moco al lado de mi madre, quien era verdaderamente preciosa”), era comerciante, vendía ropa, zapatos, a veces casas. Rosa Haydée es la cuarta de seis hermanos, 5 hembras y un varón.
Nadie había sido actor en la familia, aunque talentos diversos no faltaran. Pero desde muy pequeña ella quiso bailar, cantar y actuar; y, de hecho, desde el segundo grado “era fija en los actos del colegio”.
Por insistencia de la madre hizo varios años de secundaria, pero a los 16 años dejó el liceo, específicamente el Pedro Emilio Coll, que quedaba cerca de su casa, ubicada en la urbanización Coche, “que entonces”, dice, “era muy bella. Llena de flores. Nada que ver con lo que es hoy”.
No dejó el bachillerato para quedarse mano sobre mano. Muy por el contrario. Se dedicó afanosamente a estudiar Actuación y Baile en la Universidad Central de Venezuela, donde Nicolás Curiel que tenía un grupo llamado el Teatrino. El programa del maestro Curiel incluía un ciclo permanente de conferencias dictadas por los grandes del teatro en Venezuela. Fue así como durante cuatro años, la joven Haydée Balza se entrenó en los secretos del quehacer escénico y cada semana atendía las charlas de José Ignacio Cabrujas, Isaac Chocrón, Román Chalbaud….
– Estudiábamos en espacios de la universidad y presentábamos las obras en el Aula Magna y en la Sala de Conciertos, con ese público tan exigente que son los estudiantes. Fue un entrenamiento extraordinario.
No tardó en ser reclutada por el Nuevo Grupo. En 1967 tenía en cartelera la obra Víctor y los niños al poder, dirigida por Antonio Constante, cuando la vio el productor de televisión Daniel Farías y le ofreció un papel en la comedia Matrimonio a la venezolana, que protagonizaba la gran María Luisa Lamata. Balza cuenta que al principio se negó, por prejuicio, pero cuando vio “el dineral” que le pagarían, aceptó. “La oferta económica era demasiado tentadora, pero también influyó el trato respetuoso de Daniel Farías”. Compartió escena también con el Hugo Pimentel y su partenaire en el seriado fue el actor Eliseo Perera. No se arrepentiría. Encontró un formidable filón de trabajo: su filmografía incluye casi 30 telenovelas. Trabajó con todos los canales y solo en RCTV estuvo cuatro décadas.
En 1972 rodó Cuando quiero llorar no lloro. “En esa película me bañé un poco de veces”, confirma.
– Aunque, espera, –se pone pensativa– la foto también podría ser de Soy un delincuente, (Clemente de La Cerda, 1976), donde también me bañé… Ay, no sé. Hay muchas películas donde me he bañado. Tengo un cuerpo hermoso. Dios me dio un cuerpo especial y siempre lo he cuidado. Toda la vida he hecho ejercicios y vigilado muy bien lo que como. Y eso ha sido importante en mi carrera, claro que sí; pero lo fundamental ha sido mi talento y mi formación. Porque yo podía tener unas teticas muy lindas, pero el punto es que soy una actriz completa. Los directores saben con quién cuentan.
La primera vez que Haydée Balza se quitó la ropa para trabajar fue en una escena con Orlando Urdaneta, en Cuando quiero llorar… Luego lo haría en Soy un delincuente; en El Reincidente(Clemente de la Cerda, 1978); en El pez que fuma (Román Chalbaud, 1977) y en Juegos bajo la luna (Mauricio Walerstein, 2000).
Haydée Balza fue la primera en aparecer desnuda en el teatro en Venezuela y también posó con poco o ningún vestuario para revistas nacionales.
–Yo estaba encantada de hacerlo –afirma.
Posiblemente, nunca se le haya reconocido su aporte a la libertad de las mujeres a mostrar su cuerpo con naturalidad y orgullo. No hay duda de que su posición, en un país pacato como era Venezuela en los años de su inicio, le acarreó no pocas críticas y señalamientos. Pero ella siguió adelante, sin dejarse reducir por un medio en el que la sexualidad de la mujer puede constituir una amenaza. No dejó de desnudarse en el tablado y no dejó de hacer piezas teatrales de calidad que le impusieran una aparición encuera.
Esa naturalidad, esa fiesta de feminidad, es lo que captó Tito Caula, quien, según su hija la escritora Sandra Caula, era un gran admirador de la actriz que no pestañea para quedarse como Dios la trajo al mundo.

¿Conmigo o con el Diablo?

           

Al límite // Obama a la Cumbre: ¿Conmigo o con el Diablo?; por Luis García Mora

Por Luis García Mora | 5 de abril, 2015
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La Cumbre de las Américas en Panamá y la anunciada visita del expresidente español Felipe González, como cabeza de puente de otros exmandatarios y jefes de Estado europeos y latinoamericanos que amenazan al régimen de Maduro con entrar a ver cómo se sacan de las cárceles a los presos políticos, signan este comienzo de abril.
Definitivas acciones para intentar forzar la circunstancia venezolana de secuestro socioeconómico y político por un gobierno que luce más preocupado por su permanencia en el poder, que por resolver el evidente colapso de su liderazgo, y el colapso del país en general.
Es decir, que ante la andanada diplomática-democrática que se asoma sobre el régimen con características semidictatoriales de Maduro, y el síncope del país por la crisis, lo que puede ocurrir en adelante es que el gobierno se deslegitime y desestabilice todavía más, junto a esta casi hiperinflación con desabastecimiento, monstruo de despensas vacías que asoma sus fauces día a día.
Una catástrofe doméstica que la emergencia alimentaria y de insumos no soporta, ante la fluctuación continua de los precios.
Que en el vaivén cotidiano conmina al régimen a actuar sobre las circunstancias concretas de la crisis, y abandonar sus salidas propagandísticas efectistas.
Ya el fantasmón antinorteamericano levantado por el segundo al mando del país, advirtiendo sobre una inminente invasión militar para distraer de la coyuntura, se disipa, quedando sobre el tapete el marco real de las sanciones a los siete funcionarios del régimen y el cambio de política exterior desde Washington, el cual replantea todas las relaciones hemisféricas de un golpe.
Ahí no valen salidas políticas de vuelo corto, como la de confrontarnos con Washington, con una operación de impacto meramente doméstico, como la de intentar movilizar al país con una recolección de firmas contra Obama, un enemigo exterior que jamás se materializará tras los anaqueles.
Por lo que quizás en los próximos días se agudice desde el aparataje propagandístico que nos ahoga, el acento en la Cumbre de las Américas. Con profusión de imágenes de Castro y Maduro como los irrenunciables protagonistas del show. Y dentro de una coyuntura de cambios que quizás no percibamos claramente, pero que sacude cualquier aspecto de esta realidad, sujeta a evolución. Cambios que irán generando grados insoportables de incertidumbre en cuanto a su irreversibilidad, como en todas las crisis, pues no se trata de meras reacciones automáticas. Van más allá.
Y traerán consecuencias.
Ante esto, la Cumbre de Panamá no está ciega. Aunque lo quiera. Los asuntos de Venezuela se van a comenzar a mover más rápidamente.
Se está librando una verdadera batalla en la mente de los venezolanos.
Millones de votantes en potencia que la coyuntura colocará inevitablemente ante el reto, el desafío, y la provocación, de enfrentarse en las urnas a la única y real posibilidad de cambio que hasta ahora se perfila en el horizonte.
Con una soterrada violencia existencial promovida desde el poder, desde su exhortación policíaco-militar, en la memoria y el imaginario común, de sus demostraciones desproporcionadas e inconcebibles, del comportamiento cuasi dictatorial que ha dejado surcos profundos en nuestra psique colectiva, al hostigar, al reprimir, al asesinar sin tapujos, absolutamente envalentonado por su fuerza física.
Junto al uso dominante y administrado de pautas tales como la desactivación de los controles civiles y militares, que han permitido la exacerbación de la delincuencia organizada desde barrios y prisiones, así como desde los despachos del manejo de la cosa pública, o para decirlo en otros términos, desde el ejercicio casi criminal de las formas patrimoniales de dominación ciudadana, en esta especie de sultanato “revolucionario” que se ha enseñoreado en el país.
De la dominación sin horizontalidad del poder.
Sin limitaciones entre la cosa pública y la privada.
Sin institucionalidad autónoma e independiente a la cual recurrir.
Una situación que permeará con fuerza la agenda de la Cumbre, aunque el enfoque principal, claro está, se concentrará en la naturaleza histórica del acto, la primera Cumbre de Presidentes y de Jefes de Estado de América, en la que tanto los Estados Unidos como Cuba, se sentarán en la misma mesa.
Y el enfoque periodístico estará en la foto final del apretón de manos entre Raúl Castro y Barak Obama, con todo el contenido simbólico del momento, y del trascendental cambio que de hecho ya se ha producido en las relaciones hemisféricas.
Post Guerra Fría. Llevado adelante por el primer presidente negro norteamericano.
Todo ello en medio del desgaste y la fatiga hemisférica, dado el desenfreno de energía política post chavista, de permanente provocación de retórica. Pues solamente ha sido una batalla de la boca para fuera, con una continua explotación oportunista de cada circunstancia, sin gestión constructiva alguna para nuestro país.
Con la acción debilitadora de las instituciones políticas del Estado, la erosión de la autoridad de los gobernantes y la pérdida del equilibrio político, la seguridad social e individual de los venezolanos, y la desaparición de toda noción de rectoría social.
Una Venezuela que se administra como una hacienda particular.
Sultanismo rampante y dominación personalista, que según refieren las redes sociales, muestra contornos extravagantes de las fiestas de hijos y familiares de los gobernantes, los cuales se bañan ante las cámaras auténticamente con dólares. Dólares que el poder sin control arrastra en su inmundicia, hasta los bordes de los mejores años de los Trujillo y los Marcos, los Ortega, los Somoza y los Stroessner.
Dice Castañeda, el ex canciller mexicano, que Venezuela rompió el molde, y que los estragos de 15 años de despilfarro, corrupción, deriva autoritaria y violaciones crecientes de los derechos humanos, ya dejaron de solamente dañar a nuestro país. Y que la decisión de Obama de calificarnos como “una amenaza para la seguridad nacional” de Estados Unidos escala el enfrentamiento Venezuela-Washington.
Que la pasividad latinoamericana ante los encarcelamientos, la represión de las manifestaciones estudiantiles con la orden de, si hace falta disparar, la censura de los medios y la calamidad económica, con su desconcertante silencio, prácticamente ha terminado por deslegitimar cualquier posibilidad del liderazgo real latinoamericano, en el rescate de un diálogo de la mayoría del país con el gobierno de un Maduro abunquerado.
Y que lo que existe en Venezuela es una realidad política que lo destroza, encerrado como está en una cápsula de autismo político, incrementado por la corrupción y la ideología, fenómenos que le incapacitan para darse cuenta, de una manera pragmática, que Obama ha cambiado su estrategia ante el mundo, y fundamentalmente sobre nuestra parte del hemisferio, en el que se han “sustituido las relaciones de dominación militar por relaciones de hegemonía política” (Mires).
Y que con las sanciones a los siete señores en sus visas y sus cuentas, lo que le ha trazado a Venezuela y a la región, es una Línea Maginot post Guerra Fría ante la que los jefes de Estado, en la reunión de Panamá, deberán decidir con quién juegan, con quién están.
Como decía aquel Chávez invulnerable: “Conmigo o con el Diablo”.
Ante el juego venezolano de convertir la Cumbre en “un aquelarre” retórico sobre la supuesta intervención yanqui en Caracas, para vituperar a Obama y arrinconarlo en una supuesta confrontación verbal y política con Venezuela.
Está por verse la actitud de Cuba, en un momento de reapertura de embajadas con EEUU y su salida de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo, además de su apertura económica ante el mundo, tras medio siglo de antagonismos.
En el trasfondo late, además, el acuerdo al que se acaban de llegar USA e Irán en Lausana sobre el aspecto nuclear, que marca un hito en las relaciones de estos países que, desde 1999, jamás estuvieron tan cerca.
Es decir, no hay más Ahmadineyad.
Y en este cambio de estrategia, esos jefes de estado latinoamericanos se podrían ver obligados por las circunstancias y por su propia visión de supervivencia, ante un futuro que les luce prometedor, a repetir aquel exhorto de tan infausto recuerdo, tan desagradable, del Rey Juan Carlos:
“¿Por qué no te callas?”

En Panamá: como la guayabera

    


Al límite // En Panamá: como la guayabera; por Luis García Mora

Por Luis García Mora | 12 de abril, 2015

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Estados Unidos y Cuba se acaban de abrazar en Panamá. Y Venezuela ha quedado colgada y por fuera, como la guayabera, junto con su profunda y severa crisis de subsistencia.
El Gobierno se ha desentendido olímpicamente del desastre y de sus dimensiones. Sin importarle la situación de emergencia se ha lanzado a politiquear con ella cuando se prevén en el horizonte necesidades masivas de ayuda humanitaria, como si nos halláramos en una guerra o una catástrofe.
Jamás el país había vivido en semejante orfandad.
Jamás habíamos estado ante una irresponsabilidad tan monumental.
Jamás.
Maduro se confunde con Castro de una manera tan espeluznante y confusa que solo atisba a decir que ahora Venezuela “está lista” para una “nueva era” de relaciones con Estados Unidos, como si de ello dependiera la solución a lo que nos ocurre.
Tal es el alcance de la esquizofrenia chavista.
Durante un fin de semana pusimos toda nuestra atención en Panamá y en la recolección de firmas, como si de aquellos olvidados shows de Sábado Sensacional se tratase.
La llamada de Obama a Castro del pasado miércoles, antes de abandonar Washington con destino a Jamaica y Panamá, fue la segunda conversación de mandatarios de los dos países en más de cincuenta años. Y la conversación entre cancilleres, la de Kerry con Rodríguez, fue la de más alto nivel desde aquella de 1958, en los estertores del régimen de Fulgencio Batista, meses antes de que aquel vicepresidente Richard Nixon se viera con Fidel.
El mapa se ha movido en Latinoamérica, y el acercamiento ha situado al gobierno venezolano en un escenario de mayor debilidad, con un entorno de presión generalizada, como para que esta especie de comodín que se llama Nicolás Maduro hablara (¡como si él fuera Raúl!) de una “nueva era de relaciones” con Washington, antes de regresarse a Caracas.
“Sorprendente giro”, dicen todos, sin que se soslayen en ningún momento las intensas llamadas efectuadas por diversos países, entre ellos Brasil, invocando la calma a un Maduro sacudido por sus circunstancias, para evitar que volviera a cometer otras de sus legendarias metidas de pata, tras la pólvora que le dio Obama a sus cañones retóricos al apelar a una “emergencia nacional” ante Venezuela, en un decreto en el que sonadamente sancionaba a siete funcionarios del gobierno por la violación de nuestros derechos humanos y por corrupción.
Tuvieron que sacudir como un trapo viejo al país para recoger firmas en el término de la distancia. Un desgaste energético nacional que nada tiene que ver con la crisis, con la intención de demostrarle su supuesto error a Obama. Ojo: no sin antes dejar de recibir al “apagafuegos profesional” de Thomas Shannon en una visita relámpago, antes de que Obama anunciara a Maduro el jueves una suerte de “No, Nicolás, no creemos que Venezuela sea una amenaza para los Estados Unidos. No te olvides de que tenemos un intercambio comercial de más de 40 mil millones de dólares, el más grande de nuestra historia. Y tampoco nosotros somos una amenaza para ustedes”.
Pero sí, el panorama ha empezado a cambiar. La denuncia de los veinticinco expresidentes iberoamericanos por las persecuciones políticas que el gobierno mantiene sobre sus connacionales, supone, como dicen, una prueba de fuego a su ya limitada credibilidad.
Un país con la inflación más alta del mundo (que algunos estiman superará el 100% a fin de año) ahora mismo se desangra con la caída del petróleo (el 95% de las exportaciones) y en el que el gobierno está obligado a reducir el gasto y a no cumplir sus compromisos (con Petrocaribe, por ejemplo).
Visto el contexto, el gobierno va a tener que esforzarse más en la búsqueda del enemigo exterior, ya que ese abrazo Obama-Castro va a absorber toda la atención, porque no sólo refuerza al primero como figura presidencial norteamericana, hambrienta de historia, sino que indirectamente distancia a Maduro de su más fiel aliado.
Es más: en vista de la creciente “cooperación” entre La Habana y Madrid frente a los etarras y su papel “facilitador” en las conversaciones de paz entre Colombia y las FARC, Estados Unidos ha dispuesto sacarla de la lista negra de patrocinadores del terrorismo. De manera que el nuevo compromiso con Cuba ha sido apoyado por toda la región, Venezuela incluida; de modo que (dirá Obama) a ver qué hacen con ese apocalipsis nacional que, o lo resuelven o siguen haciéndose los locos.
En esto, el escritor cubano Iván de La Nuez, esta semana, ha sido preciso e iluminador, al desnudar con frío escarpelo lo que verdaderamente encierra este apretón de manos en la Cumbre.
Con el pragmatismo al que histórica y cíclicamente nos tiene acostumbrados, el gobierno de los Estados Unidos habla del fin de una era. Como en 1972, cuando Nixon viajó a Pekín para formalizar las relaciones con la China de Mao, considerada en esos tiempos uno de los enemigos más importantes de Washington. Ahora hace lo mismo con la apertura de relaciones con Cuba, donde para nada se tocó el tema de la democratización.
Es más, el consejero de seguridad nacional, Ben Rhodes, ha declarado que “estamos comprometidos con el establecimiento de relaciones diplomáticas, no con el cambio de régimen”.
Para Washington,  el giro en la política cubana es también un  giro en la política latinoamericana. En este sentido, el pragmatismo de los Castro y Obama, sería apenas una reedición devaluada del de Reagan, Bush y Gorbachov, en una jugada en la que esta vez nuestro país (esta desafortunada Venezuela) junto al apoyo de Cuba a la revolución latinoamericana, han sido vendidos sobre la mesa de negociaciones al igual que La Habana lo fue a fines de 1988 cuando la URSS se desembarazó de sus compromisos en el Tercer Mundo, se puso fin a la guerra civil en Nicaragua, y Cuba se quedó ciega y sin luz.
Tal sería el significado de la llegada de Obama a Kingston.
Para iniciar el reemplazo del vacío que está dejando Venezuela si, como registra un reportaje de la BBC, por causa de sus dificultades económicas, se ve obligada a replegarse en la región.
“La Cumbre fue organizada porque Petrocaribe está en las últimas y el fin de Petrocaribe es una amenaza real para la seguridad nacional de Estados Unidos”, según Jason Marczak del Atlantic Council, “pues podría llevar a una crisis severa que podría desatar una dificultad migratoria y otros desafíos reales cerca de nuestras costas”.
Junto a un conjunto de factores desestabilizantes que han obligado a esta potencia a desactivar el conflicto hemisférico. No olvidemos que el enfrentamiento entre Estados Unidos y Cuba después del derrumbamiento del Muro de Berlín en 1989, hizo que el final de la Guerra Fría se prolongara hasta un cuarto de siglo después.
Cuba ha sabido muy astutamente negociar el colapso de la vida de los venezolanos, ante la mirada vacía de patriotismo de los conductores de su gobierno, y desde el 17 de diciembre pasado ha abandonando su maximalismo, los discursos altisonantes del “todo o nada”, del “Patria o Muerte” o, como lo señalaba Iván de La Nuez: “la vida con mayúsculas”, para empezar a operar con minúsculas, al contrario de Venezuela. Que ha recibido un jalón hacia atrás.
Y para dolor de una élite ilustrada, hoy bajo la alfombra o el exilio, el país se nos escapa al garete, mientras en Cuba la mengua de la Vida Mayúscula (de La Nuez) se deja ver como la erosión en el monopolio del Estado sobre las vidas: desgaste que abarca la información, el entretenimiento, la alimentación, la escuela, la medicina o la posibilidad de viajar. Aquí, todo ese manotón aprieta más.
Estrangula.
Y mientras, allá, un país sometido durante décadas a una demanda continua de sacrificio, cambia el discurso de rigor por el del beneficio del trabajo y la vida. Eso sí: los cubanos negocian sin comprometer el poder de la cúpula ni ceder en lo político aquello que toleran en lo económico, asumiendo ahora sí el capitalismo en una versión del modelo chino.
Por el contrario, en Venezuela se llama a la renuncia y a la privación, a una especie de desaparición con anestesia: una convocatoria hacia la muerte, al tiempo que La Habana se “miamiza”.
Venezuela se hace cada vez más triste.
Más paupérrima.
Y al alimón de un país como Cuba que, sin completar su Utopía (otra vez de La Nuez, no Sebastián), se dedica a evitar el Apocalipsis, con esa mezcla de zonas postcomunistas, régimen socialista, autoritarismo y cultura del espectáculo, partido único y turismo, aquí, a años luz de la Utopía, llegó el Apocalipsis.